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lunes, 18 de febrero de 2019

APURE: Beatriz “La Misteriosa Dama del Masparro por Aljer “chino” Ereú. CRÓNICA.

Crónica.  Aljer “chino” Ereú.

BEATRIZ
LA MISTERIOSA DAMA DEL MASPARRO
(RELATO)
Por: Aljer

Aquella mañana del dos de febrero de 1920 no sería como otras, al menos en el pequeño enclave ribereño llamado Guasdualito, pueblito agreste de cuatro calles angostas y pulverulentas, en las que un botiquín a medio surtir, una iglesia, la pulpería de Mateo Panza y el viejo cuartel al mando del general Ramírez, eran los elementos civilizadores, en donde la cotidianidad provinciana tenía sello de serenidad y sosiego. Sin embargo, en pocas horas el silencioso poblado se estremecería con el estridente silbato del steam boat El Masparro, embarcación perteneciente a la Compañía Venezolana de Navegación Fluvial y Costanera (CAVN). ¡Llegó el barco, llegó el barco! era la noticia común entre niños y adultos. Pero lo no común, era una extraña, misteriosa y hermosa mujer de tez nívea con rasgos europeos, que bajaría elegante y lentamente por la escalinata de la embarcación. 
    

La noche anterior en el aparador de Eufrasio Rodríguez ubicado por La Costa del Caño, el arpa, cuatro y maracas armonizaron la noche sideral, en la que entronizados cantadores de corridos versaron a los cuatro cardinales sus ocurrentes rimas; uno de ellos a quienes nombraban como el negro Nicanor, corpulento hombre de cuarenta años se ganaría los aplausos de los asistentes y las disuasivas miradas de las meretrices, el motivo, además de su voz portentosa voz, era la historia contada en sus versos de Beatriz, una hermosa joven que había venido desde otra parte del mundo huyendo con su esposo de las penurias causadas por la gran guerra. Según su trova era hija de nobles europeos, casada con un aviador español, el cual había perecido en las profundidades del serpental Orinoco, y a la que se le atribuían poderes sobrenaturales.
   
Todo un acontecimiento festivo era el arribo de la embarcación, días de júbilo y jolgorio, en que los más acaudalados comerciantes recibían por encargos sus mercancías provenientes de Europa. Finas telas, cajas de brandy, sal, azúcar y mantequillas, eran los principales suministros convenidos y pagados sin mora en morocotas. Sitio de afluencia obligada por la muchedumbre era el expendedero de Manuel Centella, ubicado al final de la Calle Real, en donde se podía disfrutar con tranquilidad de jugos naturales y un fermentado atol criollo energético preparado por su virtuosa esposa. Al lugar llegaría la extraña dama del Masparro (como  empezó a ser identificada por los inquietados locales). Preguntaría el cargador de la valija de aquella mujer al expedito despachador sobre alguna posada, teniendo como repuesta que lo mejor del pueblo para visitantes era la pensión de Silveira Castillo, sin embargo, uno de los observantes de origen italiano, se acercaría a la distinguida dama ofreciéndole su casa como estadía, invitación que esta aceptaría con recelo.
    
La cetrina tarde de aquel día dio paso a la noche, y la deflagración de las lamparillas de kerosén iluminaron la sala y rincones  de aquella  mansión de madera, minuciosamente decorada al mejor estilo italiano, como recordando el esplendor de la madre patria meridional, tan lejana pero tan cerca en recuerdos. El esmerado anfitrión encargaría a su esposa y criadas la mejor de las atenciones para aquella fémina, cuyo escaso y casi inentendible español le concedían admiración por parte de aquel sexagenario italiano, quien veía ella además de una mujer encantadora, a una dama muy culta poseedora de cualidades excepcionales. Y equivocado no estaba en su conjetura.  Ya en el disfrute del gourmet vinieron a relucir temas de arte universal, en donde la intrigante huésped por sus amplios conocimientos  ganaría más admiración en los presentes; sus citas en latín y francés fueron el postre de aquella distinguida velada.
    
Terminado el agasajo, la dama del Masparro fue llevada a la habitación de convidados en el segundo piso. Miriam la ama de llaves, siguiendo las órdenes expresas de su regente,  previamente había dispuesto la habitación con suma prestancia, para hacer lo más confortable posible la permanencia a la distinguida invitada. Algo que le llamaría  la atención de la anglosajona fue su escaso equipaje, un portapliegos negro de piel brillante que, con exagerado celo su dueña procuraba no descolgarlo de su brazo derecho, la conserje igual notaria por descuido de la visitante un curioso tatuaje en la palma de su mano izquierda y, para fundarle más desconfianza era el hecho de que Bruno, el gato siberiano mascota de la familia, desde la llegada de la invitada, cambiaría su habitual forma de ser, emitiendo constantes maullidos gemebundos, lo que no había pasado desapercibido a ninguno de los presentes, al estar frente a frente el escurridizo felino y la mujer, el primero saldría despavorido perdiéndose en la lobreguez de la noche.
    
Rítmicamente el soldadesco compás del reloj fue marcando los intervalos nocturnos. Cerca de la media noche empezarían a oírse extraños ruidos provenientes de la habitación de la misteriosa ocupante, Mirian sería la primera en oírlos, con las fibras al máximo, despertaría a su compañera de cuarto y le expresaría:

-Eugenia, escucha, oye esa conversación; presta atención a esos ruidos, yo sabía que esa mujer era bruja-fue su primera deducción.
    
Atemorizadas optaron por implorar un rosario; estando en ello, el retumbe de un gran golpe en el techo las suspendería de miedo, haciéndolas enmudecer por completo, sus exangües miradas solo eran el reflejo del terror que cada una de ellas penosamente entendían. Seguidamente las añejas farolas de aquella casona se apagaron al mismo tiempo, como en preludio fantasmagórico de lo que vendría.  A escasos metros de la vieja casa de tabla, en la iglesia del pueblito, el presbítero Contreras, en su habitual vigilia observaría en el cielo una gigantesca sombra que se posaría en el campanario. Con la coraza del siervo de Cristo subiría por las escaleras de madera para identificar a la extraña silueta voladora, para su sorpresa, se encontraría con la elegante dama a quien había tenido el gusto de saludar en un afable latín. Desconcertado, el vicario del Carmelo solo atinaría a vociferar parte de una liturgia, la contra respuesta no se haría esperar. Se iniciaba la pugna entre el bien y el mal… (Continuará)

Aljer Chino Ereú


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