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Prensa. Senderos de Apure.net.
Ines Polanco. Pasante Senderos de Apure.net/Ecos-UBA.
Venezuela no es un buen lugar para vivir, para nadie. Sin embargo, hay algunos que la pasan peor que otros en este país tan conocido por sus crisis tanto políticas y económicas como sociales y humanitarias.

Entre estos desdichados sacados de los de entre los demás desdichados, se encuentran los niños, las mujeres y los ancianos. Pues en este Titanic del siglo XXI, los que solían ser prioridad para salvarse, son aquí los primeros en hundirse. Pero, si de llegar primero al fondo se trata, ¿cuál sería el ganador?

El peor de los geriátricos
El Global Age Watch es un estudio internacional  en el que se mide el bienestar social y económico de las personas mayores en 96 países, realizando un balance entre los resultados para establecer una lista con los mejores y peores lugares para envejecer. La clasificación está basada en cuatro factores: la seguridad de ingresos, el estado de salud, las capacidades y el entorno favorable. Según el análisis del año 2014, y no es de sorprender, Venezuela se ubica en el lugar n°76, siendo el primero de los países latinoamericanos no elegibles para ser anciano y cercano a los primeros en esta categoría mundialmente hablando. Para el último Global Age Watch hecho en el 2015, el país mantenía su posición.

¿Qué razones existen para valorar un país tan lejano a los países africanos subsaharianos y los asiáticos, quienes ocupan los últimos lugares de la lista? Según el Nuevo Herald, los resultados de Venezuela están asociados con la inseguridad y por poseer la tasa más alta de pobreza en la tercera edad de los países latinoamericanos evaluados, pese a que sus pensiones están en la media.

Con respecto a la primera apreciación, no hay cifras oficiales acerca de la criminalidad contra los ancianos, ni siquiera las hay de ese aspecto con la población en general durante la última década. Sin embargo, la tasa de homicidios en Venezuela tuvo un incremento de 1,8% en el año 2016 en comparación con 2015, según informó el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV). De acuerdo al informe de esta ONG, el 2016 cerró con una cifra estimada de 28 mil 479 muertes violentas, frente a unos 27 mil 875 homicidios registrados durante el 2015. Lo que conllevó que la OVV ubicara la tasa de homicidios en 91,8 por cada 100.000 habitantes.

Estos datos aproximan al nivel de inseguridad que padecen los longevos en la sociedad venezolana actual, porque, evidentemente, entre el promedio de 91,8 por cada 100.000 habitantes se encuentran ellos.

“Para muestra, un botón”
En lo que va de año, distintos casos de robos y homicidios violentos a viejitos se han registrado a lo largo y ancho del país, situación poco vista en años anteriores. El 12 de enero en horas de la madrugada, Nergio Enrique Finol de 74 años, se encontraba como de costumbre en el anexo de su taller mecánico, donde dormía todas las noches, ubicado en el sector Las Nieves, al norte de Barquisimeto, Lara. En medio de su jornada nocturna, unos malechores ingresaron para robar su negocio donde también vendía lubricantes y repuestos para carros. Luego de amordazarlo, atarlo de manos y tapar sus ojos, le golpearon brutalmente hasta dejarle sin vida y sin varios de sus repuestos. Fue descubierto la mañana siguiente por uno de sus trabajadores, dejando consternada y desconsolada a su familia y a la comunidad.

Asimismo, luego de poco más de un mes, el 16 de febrero en horas de la noche, unos esposos de más de 50 años de matrimonio fueron sorprendidos por la muerte en la posada turística que juntos llevaban en el sector La Playa de Boca de Uchire, estado Anzoátegui. La pareja que en vida respondía a los nombres de Reinaldo José Sandoval Nieves y María Eugenia Olivero de Sandoval de 72 y 68 años, respectivamente, fueron apuñalados atrozmente. 14 fueron las heridas para el señor Reinaldo y 10 para la señora María Eugenia. Fueron descubiertos por vecinos la noche siguiente luego de que los hijos les alertaran ya que sus padres no respondían las llamadas, ocasionando revuelo en el pueblo.

Por último, al pasar poco menos de un mes, fue el turno de Manuel Salvador García González de 80 años, el 13 de marzo, en la Avenida Fuerzas Armadas del Distrito Capital. Manuel, quien vivía solo en su apartamento dentro de esa zona, amante de la música y el café mañanero, alertó a los vecinos al no dar sus señales matutinas de costumbre. Luego de forcejear la puerta, encontraron al anciano muerto y amordazado en una de sus habitaciones, en medio de un caos en las instalaciones. Videos de seguridad mostraron a dos sujetos extraños al edificio saliendo con una bolsa llena de las cosas del señor García. Volviendo horas más tarde con una mujer y un niño para reunir el resto de las cosas.

No solo por robos mueren los viejitos
Aunada a la extrema delincuencia que acaece y amenaza a todos los ciudadanos, mayores o no, en sus casas o en sus trabajos, está la crisis alimentaria y de medicamentos que sufre por mucho la nación bolivariana. 

Pese a los esfuerzos de las casas hogares, ancianatos o instituciones de atención para ancianos por cubrir las necesidades básicas de los viejitos, sobre todo las correspondientes a alimentación, la crisis día a día cobra sus víctimas de los más débiles, entre los que los ancianos ocupan los principales puestos. A mediados del año pasado, en el Ancianato Madre Teresa de Calcuta, ubicado en Mamera, Distrito Capital, alrededor de 30 mayores de edad murieron. Todos ellos presentaban una característica común: su peso era muy bajo con respecto a su edad. Baudilio Vega, coordinador del asilo, afirmó sobre este caso: “No fallecieron explícitamente por desnutrición, pero era obvio que con el paso del tiempo perdían peso porque la escasez de alimentos nos tocó también a nosotros”. Este centro depende los donativos hechos por empresas privadas, como la mayoría de las organizaciones caritativas en nuestro país, así como de la fundación El Buen Samaritano y de la Iglesia Católica.

Luis Francisco Cabezas, fundador y activista de la ONG Convite, denunció este caso, asegurando que las muertes fueron ocasionadas por enfermedades relacionadas con la malnutrición. Cabezas explica: "El índice de masa muscular mínimo es 18. La semana anterior pesamos a cada una de las 120 personas que viven en esta casa hogar y 64% de ellos tuvo un IMM de 19. Es decir, están en el límite. A eso le sigue 12% de delgadez aceptable, 11% de delgadez moderada, 8% de sobrepeso (que es una gordura falsa asociada a problemas de tiroides) y 5% de delgadez severa. Todos los que pesamos nos decían que habían perdido por lo menos tres kilos en relación con su anterior medición".

Tal fue el caso del Geriátrico Capitán Pimentel del municipio Bolívar del estado Aragua. Durante el  2016 más de 60 ancianos pertenecientes a este asilo murieron de hambre. Aunado a esta situación denunciada por diputados y dirigentes opositores de la región, estuvo el hecho de que muchos de estos ancianos fueron sepultados en sus propios armarios.

No todo está perdido
Así como en el resto del país, Apure cuenta, aunque muy pocos, con centros de atención geriátrica. Entre ellos destaca el Asilo Nuestra Señora de Coromoto, conocido popularmente como el Asilo de Biruaca, debido a su ubicación en el municipio Biruaca. Este es un ancianato llevado por la congragación religiosa “Hermanitas de los Ancianos Desamparados” desde hace 54 años, quienes a lo largo de ese tiempo se han encargado de atender y brindar apoyo integral  a personas de la tercera edad, mayores de 60 años, de escasos recursos económicos, en delicado estado de salud o encontrados en estado de pobreza, indigencia y abandono.

Las instalaciones del ancianato cuentan con 153 años de existencia, sin embargo fue fundada en el año de 1963 por monjas provenientes de Caracas, Valencia, Maracaibo y Cúcuta. A pesar de ello, gracias a los cuidados y atenciones de las hermanas,  el estado general de las instalaciones es óptimo. 

La institución, que cuenta con aproximadamente 50 ancianos, no escapa de la realidad del país, así lo mencionó la hermana Sor Concepción Morocho, directora de la institución desde hace 4 años, quien sin embargo asegura que solo necesitan  pedirle a la gente y corresponde: “estoy muy agradecida a Dios, nuestro Señor, por esta gente tan buena y correspondiente con las necesidades de los ancianitos”. En este sentido, detalla además que en ocasiones se trasladan al país vecino Colombia para comprar los artículos que hagan falta, tales como: azúcar, harina, pañales o medicinas, que con dificultad pueden adquirir dentro del país, y de esta forma contrarrestar la situación nacional.

Conjuntamente con las donaciones hechas por personas y los artículos obtenidos por ellas mismas, existen instituciones públicas y privadas que prestan apoyo al Asilo, destacando entre ellas la gobernación y Empresas Polar, quienes colaboran con distintos alimentos como harina precocida, pasta, arroz o avena. Dentro de los enceres que requieren mayoritariamente los abuelos, priman los pañales, debido a que los viejitos suelen utilizar 2 diarios: “las medicinas uno las va consiguiendo poco a poco, pero los pañales no”, comenta Sor Concepción.

A pesar de las dificultades que representa manejar una Casa Hogar, Coromoto se mostró optimista y agradada ya que el trabajo con los ancianos es muy ameno, asegurando que llevan poco a poco la situación, animándose entre ellas, de igual forma con los empleados, quienes son de gran ayuda para las hermas. En este sentido resalta que si bien necesitan personal, no hay suficientes recursos para cancelarles, por lo que caminan con el poco personal que tienen.

Una luz al final del camino
Hernán Labarca, es un caraqueño de 62 años que actualmente vive en el ancianato Nuestra Señora de Coromoto. Con una vida marcada por la carestía, el hambre y la ambulancia, no tuvo esposa ni hijos, una casa estable ni comida abundante. Estaba en situación de calle cuando una señora a la que califica como “un ángel”, tras conversar con una hermana de él se comunicó con una religiosa y esta a su vez consiguió el ingreso de Hernán al asilo.  Desde allí su vida ha tomado un giro radical, ya que pese a poseer una pensión, en los últimos 10 años pasó muchas penurias y hambre.


Durante los dos meses que lleva en el centro comenta que “la comida no es mucha, pero ayuda. En otra parte no se come así”. “Ahora tengo una cama, una comidita y con la pensión puedo comprarme mis cigarritos, que son caros, pero me alcanza también para comer algo más (…) Estoy agradecido, con Dios y con las monjitas”. Expresa que aunque cree que no durará mucho tiempo más, por algo Dios lo llevó hasta ahí, que alguna misión debe tener: “No tengo nada, pero algo puedo dar”.

Es uno de los tantos casos de hombres y mujeres que en el ocaso de su vida atraviesen por las peores tribulaciones, físicas y espirituales, al verse abandonados no solo por su juventud, fuerza, salud, seres queridos y sus atenciones, sino también de oportunidades para seguir viviendo dignamente, con comida, medicamentos, pañales y un hogar con personas que velen por sus necesidades elementales de ser humano. Es imperante el despertar frente a la corresponsabilidad que cada venezolano tiene por aquellos que sembraron y regaron parte de las riquezas que hoy nos mantienen, a duras penas, sobreviviendo, pero que ahora solo reciben cestas vacías, cargadas de nostalgia y pena por aquellos tiempos que vieron florecer y ahora se marchitan. Esos que en vez de disfrutar la recompensa por los esfuerzos de toda una vida, sienten la muerte como una esperanza de mejor vivir.

Pasante de Senderos de Apure.net. Ines Polanco.
Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Bicentenaria de Aragua Núcleo Biruaca estado Apure.  
 
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