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Opinión. Gustavo Balanta. Colombia. Periodista
  “Quien no lo conozca que lo compre”, decía mi abuela, Niña Ana, cuando alguien con cara de “yo no fui” pretendía venderse con piel de cordero. Niña Ana sólo con observar la semblanza de quien con ella interlocutaba sabía a qué atenerse. “Este personaje no es de fiar”, remataba.  

 El Uribismo es coherente con su concepción ultraderechista de la política, más aún en cuanto al conflicto armado en Colombia se refiere. Niega la existencia del mismo. Asimila a la insurgencia armada a la categoría de delincuencia común o grupos terroristas, desconociendo su esencia y fundamento político e ideológico, por lo que cualquier diálogo debe resumirse al sometimiento a la justicia.  

En ese orden las negociaciones en La Habana, Cuba entre las Farc-EP y el gobierno nacional y los acuerdos pre y post plebiscito no han tenido ni tienen validez. Es así como el Centro Democrático se coloca a la vanguardia del NO y asume una estrategia dilatoria que le permita ganar tiempo en una campaña electoral que adelantan de manera soterrada hacia la reconquista del poder para desbaratar todo lo acordado hasta ahora y revertir sus efectos.
  El país debe tener claro los verdaderos propósitos del senador Uribe Vélez y sus sequitos: Retomar la presidencia y mantener la guerra como soporte de un modelo económico que amplíe la brecha de iniquidad y marginalidad de la sociedad.  Para lograr ese objetivo harán todo lo que esté a su alcance. Utilizarán como lo han hecho estrategias falaces de mentira, incentivo del odio, manipulación y engaño. 

 El miedo de un resultado adverso a sus intereses hace que el Uribismo se atraviese a la jurisdicción de paz que devele la verdad y garantice la no repetición; que la impunidad sea única y exclusivamente un portaestandarte para su propio beneficio; que les sean expropiadas las tierras que arrebataron mediante la motosierra paramilitar a centenares de campesinos, indígenas y afros en el campo colombiano; Que se ensanchen los espacios de participación política a sectores de izquierda y alternativos en el robustecimiento de la democracia, que se blinden política y jurídicamente los acuerdos en la garantía de su implementación para lograr la culminación del conflicto armado hacia una paz estable y duradera.  

Los nuevos acuerdos deben ser tramitados por el Congreso de la República, bajo la lupa vigilante del pueblo y sus expresiones organizativas. Legislación y calle debe ser la tarea de la coyuntura para legitimar la paz. Esto último debe pasar por la movilización y la unidad de las fuerzas que están comprometidas con la proscripción de la guerra en el país. 

 Los campamentos por la paz y otras iniciativas extraídas de las entrañas del pueblo están al orden del día. La legitimidad política vertida del constituyente primario debe florecer y expresarse con toda la fuerza que ello reclama.

El derecho a la paz es irrenunciable y quienes en este cuarto de horas tenemos la responsabilidad histórica de reivindicarlo nos es prohibido flaquear. Hacemos parte de la generación de la guerra y el imperativo moral es cerrar ese capítulo para que niños, niñas y jóvenes en glosen el contingente de la generación de la paz.

Al igual que Niña Ana, mi abuela, en correspondencia a su herencia, descubro y reconozco la doble faz del Uribismo cuando se muestra como cordero a la espera de que lo compre quien no lo conozca. Estos personajes siempre se opondrán a cualquier posibilidad de paz real, por ello no son de fiar.

 Cartagena de Indias, 17 de noviembre de 2016.
 
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