Opinión.
Gustavo Azócar Alcalá
La crisis económica que agobia a
Venezuela está golpeando muy duro a los sectores menos favorecidos del país.
Aunque Nicolás Maduro y sus cuarenta ladrones lo nieguen todos los días, la
realidad que enfrenta cada familia venezolana es una sola: no hay comida. El
salario mínimo no alcanza para nada. Hay hambre.
Los Comités Locales de Abastecimiento y
Producción (CLAP) creados por Maduro el pasado mes de abril, no han resuelto el
problema. Todo lo contrario: lo han agravado. “Los Comités Locales de Abastecimiento
y Producción son el gran instrumento de la Revolución Bolivariana fundada por
el comandante Chávez para superar y vencer la guerra económica, hemos dado con
el punto que va a permitir que todo lo que se está moviendo llegue”, dijo el
jefe de Estado, tratando de convencer a la gente de que los CLAP son un milagro
de Dios.
Un reportero de BBC Mundo entrevistó a
tres personas cuyas casas fueron visitadas por los famosos CLAP de Maduro. En
cada una de las casas dejaron una bolsita. En la primera casa la bolsa traía
tres harinas de trigo, una salsa de pasta, un litro de aceite y un kilo de
leche. En la segunda casa, la bolsita llevaba dos paquetes de harina precocida
de maíz, dos paquetes de pastas, una leche condensada y dos kilos de azúcar. En
la tercera, la bolsa contenía un kilo de arroz, una harina precocida, un litro
de aceite y un kilo de pasta. Lo peor es que quienes entregaron las bolsas
informaron a los jefes de hogar que regresarían el próximo mes, lo cual quiere
decir que el gobierno pretende que una familia se alimente durante 30 días con
lo poco que entregaron.
Mientras Maduro intenta frenar la
protesta social, el descontento popular y el reclamo de un país que sale a la
calle todos los días a buscar comida, con las famosas bolsitas de los CLAP, el
precio de la Canasta Básica Familiar correspondiente a mayo de 2016 se ubicó en 303.615,59 bolívares, lo cual
representa un aumento del 18,5% (47.468,80 bolívares) con respecto al mes de
abril de este año, según el último informe presentado por el Cendas-FVM.
De acuerdo con el informe del
Cendas-FVM, se requieren 20,2 salarios mínimos para cubrir el consumo de
productos de una familia promedio de cinco personas. El estudio realizado por
esta organización estableció que la diferencia entre los precios controlados
por el gobierno y los precios de mercado que registran hoy día los productos de la canasta básica
familiar es de 2.885,5%. Tal situación se comprueba cuando un paquete de harina
pan, que según el gobierno debería ser vendido en poco menos de 200 bfs, no se
consigue en la calle en menos de 1.500 bfs.
El informe del Cendas-FVM también dice
que veinticinco productos de la canasta alimentaria presentan serios problemas
de escasez: leche en polvo, sardinas enlatadas, atún enlatado, pollo, carne de
res, hígado de res, margarina, azúcar, pernil, aceite de maíz, huevos de
gallina, queso blanco duro, caraotas, arvejas, lentejas, arroz, harina de
trigo, avena, pan, pastas, harina de maíz, café, salsa de tomate, mayonesa y
queso amarillo. Estos contabilizan 43,10% de los 58 productos que contiene la
canasta.
La grave crisis alimentaria que se vive
en Venezuela fue comprobada por tres empresas encuestadoras: Datos encontró que
90% de las familias venezolanas reconoce que está comprando menos alimentos.
Venebarómetro asegura que 31% de los venezolanos dice comer menos de tres veces
al día y Encovi halló que 15% de las personas consultadas considera su
alimentación monótona o deficiente.
Pero eso no es todo: según estudios de
la ONG Fundación Bengoa para la Alimentación y Nutrición, el 75% de la dieta
actual de los venezolanos se limita a carbohidratos. El producto con mayor
intención de compra, según esta ONG, es la harina de maíz precocido con la que
se hace la arepa; después el arroz, los panes y las pastas. La crisis económica
ha hecho que las familias venezolanas estén comiendo muy poca proteína, y ello
implica grave riesgos para la nutrición y desarrollo de los niños y jóvenes que
constituyen el futuro de este país.
La semana que recién concluye me
permitió visitar cuatro ciudades diferentes de Venezuela. En Valencia, estado
Carabobo, encontré y conversé con un ama de casa quien me comentó lo que estaba
haciendo para tratar de alimentar a sus hijos. La señora María, quien trabaja
como camarera en un hotel, me explicaba que el producto que más está
consumiendo su familia es la pasta. “Es lo que más se consigue en el barrio. La
venden por encima de su valor, pero yo debo comprarla porque no tengo tiempo
para ir a hacer colas. La preparo casi todos los días para el almuerzo, pero ya
no boto el agua en la que se hierve. El agua donde se cocina la pasta la guardo
en la nevera, le pongo papelón y con eso hago una chicha que doy a mis hijos
todas las mañanas. Esa chicha es el desayuno”.
En Barcelona, estado Anzoátegui,
converso con una vecina que me explica la manera de hacer una muy buena y
novedosa “carne vegetariana”. La señora Beatriz trabaja planchando ropa en
casas de familia. Dice que tiene 3 hijos y que no le alcanza el dinero para
comprar carne si no una vez a la semana. “Encontré una forma muy original de
hacer carne. Compro plátanos verdes y los pongo a sancochar. Cuando ya están
listos, les quito las conchas, pero en lugar de botar las conchas de los
plátanos, que es lo que uno hacía antes, las agarro y las desmecho lentamente,
como si fuera carne. Luego preparo un guiso con cebollas, tomate y perejil y se
lo echo a las conchas de plátano desmechadas y lo revuelvo lentamente. Un poco
de sal, comino, adobo y listo. Tengo carne desmechada”.
En Maracay, estado Aragua, conversé con
Marcos, un joven que vende café en las cercanías del hotel Italo. Marcos me
vende un vasito pequeño de café en 100 bfs y no aguanto las ganas de
preguntarle cómo hace para vivir vendiendo café a 100 bfs en un país donde el
kilo de café cuesta casi 5 mil bolos. El joven se ríe y me hace una confesión:
el café no lo ha preparado él, lo sustrajo de una funeraria a primera hora de
la mañana. Llegó a la funeraria muy temprano y sin que nadie se diera cuenta,
tomó prestado el café que había en un termo grande para los familiares del
difunto. “Yo sé que eso no es legal, dice, pero yo tengo 4 muchachos que
alimentar y no puedo llegar a casa sin nada”.
La última historia que encuentro en mi
recorrido pertenece a San Carlos, estado Cojedes. Allí converso con algunos
colegas periodistas quienes me cuentan la más reciente novedad en esa ciudad:
la recarga de desodorantes. Un grupo de personas se las ha ingeniado para
fabricar una mezcla que sirve para evitar el mal olor en las axilas. La mezcla
no está patentada y muy probablemente tampoco cuenta con el permiso otorgado
por el Ministerio de Salud, pero tal parece que eso no importa. La gente acude
al lugar con su envase de “bolita” y lo consigna a un empleado que en tan sólo
5 minutos lo recarga por la módica suma de 80 y 100 bfs. Se hacen colas de 50 y
más personas todos los días para “recargar” el desodorante tanto para hombres
como para mujeres.
Estas cuatro historias muestran la
Venezuela socialista y revolucionaria de Nicolás Maduro. Aunque cuesta creerlo,
la mayoría de los venezolanos está sometido hoy día a una dieta obligada. Es lo
que el populacho, con el buen sentido del humor que lo caracteriza, ha
bautizado como Nicolight. No es un chiste: toda una generación de niños y jóvenes
está creciendo desnutrida y muy mal alimentada en Venezuela. Las consecuencias
las veremos algunos años más adelante cuando comprobemos que el recurso humano,
el capital más importante con el que cuenta un país, no responde a las
exigencias del mundo globalizado en el que nos encontramos. La Generación CLAP
compromete seriamente el futuro de este país.
Sólo hay una forma de impedir que la
dieta Nicoligth continúe haciendo de las suyas. Necesitamos cambiar de
gobierno. Y necesitamos hacerlo ya. No hay tiempo que perder.