Crónica.
ALJER. Alto Apure.
El 19 de Junio de 1.921 quedó grabado
para siempre en la memoria de los habitantes de Guasdualito, como uno de los días
más sangrientos de su historia. Tropas revolucionarias comandadas por el doctor
Roberto Vargas (a) “El Tuerto” (comandante en jefe), secundado por Fermín Toro
(jefe de estado mayor), general Emilio Arévalo Cedeño (jefe de la primera
división), general Pedro Pérez Delgado (jefe del batallón Aramendi) entre
otros, intentarían sin éxito tomar la plaza de Guasdualito, la cual estaba
defendida por 270 hombres apertrechados en el Cuartel Militar (hoy Casa de
Gobierno), comandados los mismos por los oficiales gomecistas: general Benicio
Giménez, coronel Antonio Pulgar y coronel Jesús Antonio Ramírez, veteranos
militares que sin pestañeos ni titubeos ordenaron a sus hombres defender el
cuartel a costa de sus vidas.
Treinta y seis horas de plomo limpio con
los Winchesters 30-30, y el continuo relampagueo de los machetes Collins,
fueron más que suficiente para inundar las cuatro calles del pastoril y
apacible pueblo con el purpuro liquido humano, líquido vital que la tierra
adoquinada y humedecida por el invierno mezclaba con el légamo sin menosprecio
alguno. Los testigos de este hecho fueron despareciendo con el correr de los
años, sin embargo, muchos testimonios quedaron insertos en las narrativas
escritas de contados historiadores que llevaron el hecho a la edición
bibliográfica. Respecto al enfrentamiento el doctor José León Tapia en su
publicación Maisanta El Ultimo Hombre a Caballo, relata un hecho para
consideración:
“Después siguió el fuego cruzado con el
cuartel principal donde se habían refugiado los defensores. Allí estaba también
el general Jesús Antonio Ramírez, el mismo de Puerto de Nutrias, quien se
defendía encerrado con la gente que le quedaba. Los hombres de la revolución
estaban tan cerca de las puertas y ventanas, que lo insultaban desde la plaza a
viva voz. -Lea la carta capitán -dijo Arévalo. Y el capitán Hilarión Larrarte
La Palma leyó una carta en voz alta donde el general Ramírez le ofrecía a
Emilio Arévalo entregarle el cuartel y pasarse a la revolución cuando invadiera
de nuevo. Al terminar la lectura habló Maisanta: Qué carajo importa una
traición más si en este país todos lo hacen. Pero Roberto Vargas no se dio
cuenta del sentido de estas palabras”. (2001: 198)
Ahora bien, respetando lo señalado por
este autor, y sin ánimos de controversias estériles, surge una incógnita en el
caso: ¿Siendo este audaz y aguerrido llanero, un militar con las botas bien
puestas, probado en victorias y derrotas en la guerra de finales del siglo XIX,
al que el plomo y la muerte le eran por demás familiares, se rendiría junto al
resto de la tropa, ante los caudillos antigomecistas, a sabiendas lo que les
esperaba aún capitulando? La respuesta al entresijo pareciera encontrarse en el
libro sobre el mismo personaje (Maisanta) escrito por el prominente Oldman
Botello, en el mismo refiere: en el telegrama que le enviaron al general Gómez,
se le informaba que solo quedaba la dotación de cada màuser y algunos
revólveres; que no habían llegado refuerzos y que allí estarían hasta la
muerte. Esa gente moría por su causa.
Tomando en cuenta esas referencias
documentales, más lo recopilado en la fontana oral, se presenta en forma amena
parte de aquel suceso histórico que marcó un antes y después en la historia
contemporánea de Guasdualito.
BATALLA DE GUASDUALITO DE 1921
Voy a contar una historia no les
parezca dudosa,
la batalla de Guasdualito
acomodada en mi prosa.
Ocurrió aquí en Periquera en
época revoltosa,
me la contó Caropresse un
pariente de los Sosa.
Era Gómez presidente, y en Apure
Pérez Soto,
el prefecto del pueblito era un
tal Santos Padilla.
Pueblito de cuatro calles no
quiero perder la rima.
Las casas de bahareque las
poquiticas que habían,
las calles eran barriales que
daban a la rodilla,
una iglesia, un botiquín, un
cuartel y pulpería,
un terraplén para el río era lo
que se veía.
El pueblito era tranquilo nada
malo sucedía,
los vapores atracaban por la
noche o por el día,
las grandes embarcaciones con su
ruido ensordecían.
Cuando llegaban los barcos se
formaba un alboroto;
se cambiaba mercancía,
suministros por corotos.
Los nombres de aquellos barcos
los mencionaba Labanchi:
el Arauca, el Uribante, el Amparo
y el Masparro,
de origen americano, era una
flota pujante.
También lo contó Guarino, don
Francescho un italiano,
que el pueblo de Guasdualito era
un pueblito muy sano,
rico en cosas naturales: en
cultivos y en ganado.
El comercio era un oficio bueno
para el comerciante,
los Laporta y Maiorana junto a
grupo de inmigrantes
llegarían a ese pueblito
promoviendo gran avance.
**
Y continúa Caropresse agarrando
un airecito,
con su derecha temblosa,
tomándose un cafecito.
Yo recuerdo a un italiano que
mentaban Pascual Panza;
era un hombre delgadito, un musiú
con la tez blanca,
su mujer doña María, con unas
lindas muchachas,
tenían una pulpería para surtir
la comarca;
si es que vive todavía recordará
este relato.
En el año veintiuno unos rebeldes
se alzaron
y el diecinueve de junio a
Guasdualito llegaron.
Eran varios generales cada cual
con sus soldados,
había uno de bigotes, de estatura
era pequeño,
al que todos respetaban, Emilio
Arévalo Cedeño.
Ese entro por Los Corrales con un
grupo de insurrectos,
carajo que plomazón la gente
corría pa´ el templo.
Por el paso de La Manga, caballo
y machete en mano
entraría Pérez Delgado dirigiendo
a la sagrada,
un escuadrón del infierno, la
muerte traían pintada.
Maisanta que son bastantes se
escucharon las palabras:
“el que quiera se regresa y el
que no plomo pa´ lante,
el que quiera se regresa, me lo
descabezan antes”.
No crea que soy un farsante que
tergiversa la historia,
dice el viejo Caropresse: no me
falla la memoria,
pregúntele a José Fulco, el
pariente de Carmelo,
abría su carnicería cuando
reventaba el duelo.
***
La sangre empezó a correr por las
calles del pueblito,
por el Gamero miré un aguacero
negrito,
es plomo lo que se ve, y aunque
estaba carajito
todo eso lo observé, me recuerdo
de todito.
Por Morrones Diego Arria, metió
su caballería
traían una algarabía, que viviera
El Tuerto Vargas,
la población se encerraba
evitando así la muerte,
los infantes inocentes se metían
bajo las camas,
y las mujeres al suelo todititas
asustadas,
atacadas por el miedo oraciones
recitaban.
Con machete y plomo bueno al
gomecismo enfrentaron,
poco a poco los llevaron a encerrarse
en El Cuartel,
Pulgar que era coronel, y su jefe
un general,
y lo tengo que nombrar, este era
el nombre de aquel:
señor Benicio Giménez un general
gomecista.
Coloco por las garitas a sus
francos tiradores,
ordenándoles: “Señores no me
fallen municiones,
una bala por un hombre, muerto
sin contemplaciones”.
Pedro Becerra el más diestro de
tiradores gomeros,
fulminaría por error al señor
Silverio Agüero;
no salga para la calle al difunto
le advirtieron,
en La Estación lo velaron en
medio de ese plomero.
Otro viejo que esto vió y lo
deben de sabé,
fue Don Isaac Ontiveros lástima
que ya se fue,
el mismito que era arriero y
contador de ganado
el dio fe de este relato, yo no
estoy equivocado.
****
En el cuartel los gomeros creían
que eran invencibles,
del lado de los insurrectos salió
un guerrero temible,
de mote El Mocho Payara, que a
Cedeño esto dice:
“Esos no quieren rendirse, ni
Giménez los entrega,
si no alzan la bandera lo que
desean es morirse,
mi general autorice y allá vamos
los que estamos,
sin importar que muramos
tomaremos El Cuartel”.
Por la insistencia de aquel, dijo
Arévalo Cedeño:
las balas quitan el sueño les
pido calma carajo;
ese cuartel lo tomamos antes del
anochecer,
aquí se juega la guerra y no
podemos perder.
En una casa acordaron la arremetida
final,
con bravura sin igual ya casi sin
municiones,
cargaron los batallones de
aquella revolución,
la muerte y sus anfitriones se
daban sendo fiestón.
Del batallón Aramendi después que
eran un montón,
las carabinas gomeras hicieron la
reducción,
mataron a más de doscientos, el
total de defunción.
De pronto se oyó una voz, y una
bandera se alzó,
el comandante Giménez, desde los
muros gritó:
“nosotros nos rendiremos si aquí
viene El doctor Vargas”,
no le gusto esto a Maisanta,
menos al general Cedeño,
pues el objetivo de ellos, era el
cuartel con las armas,
pero en acuerdo era el tuerto,
que entre todos comandaba,
un médico de conversa con
prudencia exagerada.
Una tregua se acordó después de
tanta andanada,
al ejército rebelde se le ordeno
retirada,
antes de eso los gomeros enviaron
un telegrama,
al presidente de Apure en horas
de la mañana,
que enviaran un buen refuerzo
para recuperar la plaza.
De Barinas se acordó ordenar otra
avanzada,
cuando Vargas se enteró apresuro
la escapada,
Maisanta beso la tierra
enceguecido de rabia,
el machete sacudió profiriendo
estas palabras:
“como puedo ser posible que una
batalla ganada
ahora tenga que perderse por
culpa del tuerto Vargas,
lo de guerra es pa´ los hombres,
no pa´ cobardes, ni damas”
Emilio Arévalo Cedeño se quedaría
con las ganas,
donde llaman Angostura desafiaría
con las armas,
en el pueblito quedaron todas las
casas manchadas,
con el rojo efervecente de la
hemoglobina humana.
La sangre inundo las calles yo no
les invento nada,
me lo conto Caropresse, en las
tierras araucanas.
ALJER
Guasdualito, 19-10-2015