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jueves, 8 de diciembre de 2016

CRÓNICA: Batalla de Guasdualito de 1921 por ALJER. Alto Apure.

Crónica. ALJER. Alto Apure.
El 19 de Junio de 1.921 quedó grabado para siempre en la memoria de los habitantes de Guasdualito, como uno de los días más sangrientos de su historia. Tropas revolucionarias comandadas por el doctor Roberto Vargas (a) “El Tuerto” (comandante en jefe), secundado por Fermín Toro (jefe de estado mayor), general Emilio Arévalo Cedeño (jefe de la primera división), general Pedro Pérez Delgado (jefe del batallón Aramendi) entre otros, intentarían sin éxito tomar la plaza de Guasdualito, la cual estaba defendida por 270 hombres apertrechados en el Cuartel Militar (hoy Casa de Gobierno), comandados los mismos por los oficiales gomecistas: general Benicio Giménez, coronel Antonio Pulgar y coronel Jesús Antonio Ramírez, veteranos militares que sin pestañeos ni titubeos ordenaron a sus hombres defender el cuartel a costa de sus vidas.

Treinta y seis horas de plomo limpio con los Winchesters 30-30, y el continuo relampagueo de los machetes Collins, fueron más que suficiente para inundar las cuatro calles del pastoril y apacible pueblo con el purpuro liquido humano, líquido vital que la tierra adoquinada y humedecida por el invierno mezclaba con el légamo sin menosprecio alguno. Los testigos de este hecho fueron despareciendo con el correr de los años, sin embargo, muchos testimonios quedaron insertos en las narrativas escritas de contados historiadores que llevaron el hecho a la edición bibliográfica. Respecto al enfrentamiento el doctor José León Tapia en su publicación Maisanta El Ultimo Hombre a Caballo, relata un hecho para consideración:

“Después siguió el fuego cruzado con el cuartel principal donde se habían refugiado los defensores. Allí estaba también el general Jesús Antonio Ramírez, el mismo de Puerto de Nutrias, quien se defendía encerrado con la gente que le quedaba. Los hombres de la revolución estaban tan cerca de las puertas y ventanas, que lo insultaban desde la plaza a viva voz. -Lea la carta capitán -dijo Arévalo. Y el capitán Hilarión Larrarte La Palma leyó una carta en voz alta donde el general Ramírez le ofrecía a Emilio Arévalo entregarle el cuartel y pasarse a la revolución cuando invadiera de nuevo. Al terminar la lectura habló Maisanta: Qué carajo importa una traición más si en este país todos lo hacen. Pero Roberto Vargas no se dio cuenta del sentido de estas palabras”. (2001: 198)

Ahora bien, respetando lo señalado por este autor, y sin ánimos de controversias estériles, surge una incógnita en el caso: ¿Siendo este audaz y aguerrido llanero, un militar con las botas bien puestas, probado en victorias y derrotas en la guerra de finales del siglo XIX, al que el plomo y la muerte le eran por demás familiares, se rendiría junto al resto de la tropa, ante los caudillos antigomecistas, a sabiendas lo que les esperaba aún capitulando? La respuesta al entresijo pareciera encontrarse en el libro sobre el mismo personaje (Maisanta) escrito por el prominente Oldman Botello, en el mismo refiere: en el telegrama que le enviaron al general Gómez, se le informaba que solo quedaba la dotación de cada màuser y algunos revólveres; que no habían llegado refuerzos y que allí estarían hasta la muerte. Esa gente moría por su causa.

Tomando en cuenta esas referencias documentales, más lo recopilado en la fontana oral, se presenta en forma amena parte de aquel suceso histórico que marcó un antes y después en la historia contemporánea de Guasdualito.

BATALLA DE GUASDUALITO DE 1921
Voy a contar una historia no les parezca dudosa,
la batalla de Guasdualito acomodada en mi prosa.
Ocurrió aquí en Periquera en época revoltosa,
me la contó Caropresse un pariente de los Sosa.
Era Gómez presidente, y en Apure Pérez Soto,
el prefecto del pueblito era un tal Santos Padilla.
Pueblito de cuatro calles no quiero perder la rima.
Las casas de bahareque las poquiticas que habían,
las calles eran barriales que daban a la rodilla,
una iglesia, un botiquín, un cuartel y pulpería,
un terraplén para el río era lo que se veía.
El pueblito era tranquilo nada malo sucedía,
los vapores atracaban por la noche o por el día,
las grandes embarcaciones con su ruido ensordecían.
Cuando llegaban los barcos se formaba un alboroto;
se cambiaba mercancía, suministros por corotos.
Los nombres de aquellos barcos los mencionaba Labanchi:
el Arauca, el Uribante, el Amparo y el Masparro,
de origen americano, era una flota pujante.
También lo contó Guarino, don Francescho un italiano,
que el pueblo de Guasdualito era un pueblito muy sano,
rico en cosas naturales: en cultivos y en ganado.
El comercio era un oficio bueno para el comerciante,
los Laporta y Maiorana junto a grupo de inmigrantes
llegarían a ese pueblito promoviendo gran avance.

**
Y continúa Caropresse agarrando un airecito,
con su derecha temblosa, tomándose un cafecito.
Yo recuerdo a un italiano que mentaban Pascual Panza;
era un hombre delgadito, un musiú con la tez blanca,
su mujer doña María, con unas lindas muchachas,
tenían una pulpería para surtir la comarca;
si es que vive todavía recordará este relato.
En el año veintiuno unos rebeldes se alzaron
y el diecinueve de junio a Guasdualito llegaron.
Eran varios generales cada cual con sus soldados,
había uno de bigotes, de estatura era pequeño,
al que todos respetaban, Emilio Arévalo Cedeño.
Ese entro por Los Corrales con un grupo de insurrectos,
carajo que plomazón la gente corría pa´ el templo.
Por el paso de La Manga, caballo y machete en mano
entraría Pérez Delgado dirigiendo a la sagrada,
un escuadrón del infierno, la muerte traían pintada.
Maisanta que son bastantes se escucharon las palabras:
“el que quiera se regresa y el que no plomo pa´ lante,
el que quiera se regresa, me lo descabezan antes”.
No crea que soy un farsante que tergiversa la historia,
dice el viejo Caropresse: no me falla la memoria,
pregúntele a José Fulco, el pariente de Carmelo,
abría su carnicería cuando reventaba el duelo.

***
La sangre empezó a correr por las calles del pueblito,
por el Gamero miré un aguacero negrito,
es plomo lo que se ve, y aunque estaba carajito
todo eso lo observé, me recuerdo de todito.
Por Morrones Diego Arria, metió su caballería
traían una algarabía, que viviera El Tuerto Vargas,
la población se encerraba evitando así la muerte,
los infantes inocentes se metían bajo las camas,
y las mujeres al suelo todititas asustadas,
atacadas por el miedo oraciones recitaban.
Con machete y plomo bueno al gomecismo enfrentaron,
poco a poco los llevaron a encerrarse en El Cuartel,
Pulgar que era coronel, y su jefe un general,
y lo tengo que nombrar, este era el nombre de aquel:
señor Benicio Giménez un general gomecista.
Coloco por las garitas a sus francos tiradores,
ordenándoles: “Señores no me fallen municiones,
una bala por un hombre, muerto sin contemplaciones”.
Pedro Becerra el más diestro de tiradores gomeros,
fulminaría por error al señor Silverio Agüero;
no salga para la calle al difunto le advirtieron,
en La Estación lo velaron en medio de ese plomero.
Otro viejo que esto vió y lo deben de sabé,
fue Don Isaac Ontiveros lástima que ya se fue,
el mismito que era arriero y contador de ganado
el dio fe de este relato, yo no estoy equivocado.

****
En el cuartel los gomeros creían que eran invencibles,
del lado de los insurrectos salió un guerrero temible,
de mote El Mocho Payara, que a Cedeño esto dice:
“Esos no quieren rendirse, ni Giménez los entrega,
si no alzan la bandera lo que desean es morirse,
mi general autorice y allá vamos los que estamos,
sin importar que muramos tomaremos El Cuartel”.
Por la insistencia de aquel, dijo Arévalo Cedeño:
las balas quitan el sueño les pido calma carajo;
ese cuartel lo tomamos antes del anochecer,
aquí se juega la guerra y no podemos perder.
En una casa acordaron la arremetida final,
con bravura sin igual ya casi sin municiones,
cargaron los batallones de aquella revolución,
la muerte y sus anfitriones se daban sendo fiestón.
Del batallón Aramendi después que eran un montón,
las carabinas gomeras hicieron la reducción,
mataron a más de doscientos, el total de defunción.
De pronto se oyó una voz, y una bandera se alzó,
el comandante Giménez, desde los muros gritó:
“nosotros nos rendiremos si aquí viene El doctor Vargas”,
no le gusto esto a Maisanta, menos al general Cedeño,
pues el objetivo de ellos, era el cuartel con las armas,
pero en acuerdo era el tuerto, que entre todos comandaba,
un médico de conversa con prudencia exagerada.
Una tregua se acordó después de tanta andanada,
al ejército rebelde se le ordeno retirada,
antes de eso los gomeros enviaron un telegrama,
al presidente de Apure en horas de la mañana,
que enviaran un buen refuerzo para recuperar la plaza.
De Barinas se acordó ordenar otra avanzada,
cuando Vargas se enteró apresuro la escapada,
Maisanta beso la tierra enceguecido de rabia,
el machete sacudió profiriendo estas palabras:
“como puedo ser posible que una batalla ganada
ahora tenga que perderse por culpa del tuerto Vargas,
lo de guerra es pa´ los hombres, no pa´ cobardes, ni damas”
Emilio Arévalo Cedeño se quedaría con las ganas,
donde llaman Angostura desafiaría con las armas,
en el pueblito quedaron todas las casas manchadas,
con el rojo efervecente de la hemoglobina humana.
La sangre inundo las calles yo no les invento nada,
me lo conto Caropresse, en las tierras araucanas.

ALJER
Guasdualito, 19-10-2015

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