Solía reírme
cuando me contaban que los periodistas que se preparaban para ir a Caracas
llevaban hasta sus propios desodorantes. Siempre pensé que eran muy
quisquillosos.
Prensa. New York
Times. Nicholas Casey.
Hasta
que llegó mi turno. Traje Old Spice y, como necesitaba detergente, compré Tide.
Al abrir una de mis maletas veo todos los artículos esenciales que me
acompañan: dos botellas de spray nasal, tres pastas de dientes, un paquete de
hilo dental, botellas de gel para la ducha, esponjas, papel higiénico y un
frasco grande de ibuprofeno. Y dos botellas de whisky.
Si
una selfie en el aeropuerto es el ritual para quienes abandonan Venezuela, una
pasada por el supermercado para llenar la maleta con artículos de primera
necesidad, es lo recomendado para quienes viajan a este país. Desde que la
economía colapsó, algunas cosas simplemente no se venden aquí. Otras —como el
papel higiénico— existen en el mercado negro, pero son difíciles de encontrar.
Mi
amigo Girish Gupta ha estado viajando a Venezuela durante los últimos cinco
años. Antes de mudarme le pregunté qué debía empacar, además de papel
higiénico. Me respondió con un mensaje de texto que decía: “Medicinas. Material
de primeros auxilios. Especias/ comida que te gusta. Kindle (los libros no son
fáciles de conseguir acá), champús/ artículos de tocador y si te gusta algo específico…”.
Al
igual que muchas personas, Girish trae suficientes provisiones para cada mes
que pasa aquí. Luego hace viajes cortos a Colombia para volver a llenar sus
alacenas. Pero en Venezuela, la mayoría de la gente no puede salir y tienen que
conformarse con lo que pueden encontrar.
Tomarse
selfies de los pies mientras caminas por este aeropuerto se ha convertido en
una moda. Pero a diferencia de mí, que acabo de llegar, para muchos venezolanos
estas selfies son su última foto en el país — al menos por un tiempo.
La
obra que decora el piso se llama “Cromointerferencia de color aditivo” y fue
diseñada en la década de 1970 por Carlos Cruz-Diez, un famoso artista
venezolano. En la era de Instagram, una imagen tomada con un iPhone —por lo
general de un solo zapato— se ha convertido en el rito de paso para los
venezolanos que salen del país. Utilizan el hashtag #Maiquetia (el nombre del
lugar donde está el aeropuerto) en su mensaje de despedida.
La
emigración se ha convertido en una realidad para un gran número de jóvenes
profesionales venezolanos, muchos de ellos de 30 y tantos años, como yo. Es
difícil planificar el futuro en un país donde la economía se contrajo un 10% y
la inflación alcanzó 159% el año pasado.
Venezuela
depende casi exclusivamente de los ingresos del petróleo, por lo que el colapso
de sus precios ha provocado gran escasez y pocas fuentes de trabajo. Sus
reservas probadas de crudo son más grandes que las de Arabia Saudita y, sin
embargo, la gente hace largas filas para comprar alimentos básicos como huevos
y harina.
Así
que quienes pueden hacerlo agarran sus maletas, se toman una selfie y buscan
una vida mejor en el extranjero. Yo voy en la otra dirección. Las
luchas y los cambios políticos sucedidos en Caracas me han traído a este país,
donde seré el nuevo corresponsal de la región andina. Estaré cubriendo
Venezuela, junto con otros países hasta las fronteras de Bolivia. Y Willie aún no se despide ni se toma su
última selfie, me acompañará durante gran parte del mes y me enseñará cómo
moverme en este nuevo destino.